jueves, 27 de septiembre de 2007

Lo que escribo cuando escribo



Lo que dicen.
Dicen que los laberintos son pesadillas, fronteras
tapiadas. Tu propio reflejo se vuelve irreconocible.
En mi propio laberinto suelo sentarme, apoyado
en alguna pared con olor a humus, con helechos
entre los ladrillos, y abrazándome las rodillas sueño
con ángeles que son como peces o como barcos
en el océano. La luz se filtra verde entre las olas
y se los ve nadar, tan saludables, tan despiertos.
Dicen que el cielo aprisiona la superficie de la
tierra, que es su techo. Yo me acuesto en el
suelo y lo veo pasar: primero la luna,
después el sol; después la luna, después el sol...
La sucesión interminable de tan reiterada parece
infinita.
Dicen que algunos no entienden el sentido de lo
existente, y que otros tampoco.
Algunos dividieron el espacio en puntos cardinales,
y llaman a una zona “el este” y a otra “el oeste”,
y así se quedaron más tranquilos, ya que ellos
quedaban siempre justo en el medio.

Ésto quería decir

Perfecta incredulidad la de mi tristeza
que reconoce la nada y lo aparente
en la tarde destructora de barrios.
Y me desgarra.

Del cielo descienden brisas,
por el oceano espumoso corre el aire,
las luces se encienden en los suburbios.
Y yo tiemblo (porque entiendo).

Día y noche uno.

El aire frío me abisma, como el precipicio de las
estrellas.
De día vivo, con temor, pobreza y
envejeciendo, pero a la noche puedo ver el

infinito sobre mi cabeza, y me acuerdo de que
no sé quién soy.
La noche me precipita al vacío
profundo.
Los hombres se escondieron en
cavernas, en montañas, y siguen allí,
ocultándose
de las estrellas y de ese viento que te lleva lejos
de la mentira, de los
inventos y ensoñaciones.
El cielo es un pozo, al que de noche se quiere
tapar con las tablas del techo.

Maldita luna de mierda.

luna púbica entre velos nublosos
fascinas sobre los cables
de la ciudad impotente.
estruendosa luna de noviembre

apesadumbras techos bajos

de los barrios terrosos.


no deberías transitar este cielo harto

donde los marchitos

te vemos tan lejos.

Pez insoluble.

Hay un pez voraz atado a mi pesadilla,
encerrado en una botella con agua vieja,

sin alimento, dando vueltas. Mientras me
olvido de él sigue ahí, con su mirada fría.

Inexplicablemente lo alimento y crece,
y ocupa toda la botella, y saca su boca

afuera. Me voy del lugar, me despierto
y ya no sueño. Hay algo monstruoso en
ese pez
que impide su disolución.

Remolinos.

Densos remolinos inexistentes, correntadas
no vistas, fuera del ser de los días y de las
noches, arrastran imposiblemente nada,
y me causan nausea.
Lo muerto grita como sirena, amenaza a
la verde hierva e incluso al sol. Los
cadáveres abisman y chupan, destrozan
tiempo, espacio y causa. Y es así.

Mi email: russomannocarlos@hotmail.com

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