viernes, 14 de diciembre de 2007

El científico de la patria

Acusado de herejía me interrogan (crueles monjes son ustedes, pausados y graves con miradas vacías, cáscaras negras, pozos abismales, gruesas paredes circulares). Exigen explicaciones que no escuchan y escuchan lo que no digo. No resisto a sus miradas ciegas (¿qué ven en mí?, ¿a un demonio?, ¿a una ágil serpiente que temen?).

Tienen los textos de San Agustín marcados, gastados y sucios; leen con ansiedad y los retienen con trabajo, los comentan doctamente en hojas prolijas o borroneadas sobreescritas y sudadas como camisetas, pero hay algo que no pueden hacer: pensar en ellos. (Yo lo vi en el África negra soñando claridades, inventándolo a Dios, oculto del sol viviente ocupando el día y también la noche en creaciones doctas, en mentiras necesarias).

La Roma eterna es tu patria, dicen; y pienso en los infinitos estandartes del imperio que recuerdan su inexistencia (sin los símbolos desaparece lo inexistente). La iglesia es tu madre-génesis, acusan airados; y pienso en las innumerables construcciones diseminadas por el orbe probando su irrealidad fantástica.

Por momentos, y a veces por meses, me dejan encerrado en una habitación de piedra húmeda y piso fresco. Duermo interminablemente, horas tras horas, paso días como alcoholizado o como enajenado. Una imagen luminosa se fue formando y perfeccionando en mi sueño: un patio con plantas, un hombre que dice ser mi padre y tal vez lo sea, una pizarra apoyada en un árbol en la que el hombre dibuja con tizas cada día un pequeño detalle de un árbol: hojas (cada una parecida pero diferente a la anterior), tallos, ramitas, colores, corteza, imperfecciones. Cierto día llueve; comienza a la tarde, con el calor del verano, con unas gotitas primero, el cielo rojizo tiñe las plantas y las paredes de ladrillo, y luego la frescura de interminables chaparrones densos mientras oscurece. El pizarrón se ha borrado y mi padre es feliz. Me despierto llorando y no puedo detenerme. Una parte mía comprende algo que desconozco.

"¿Por qué te crees sabio, abominable y maloliente gusano infernal?", me interroga un anciano que dispone de mi vida y que ya me ha condenado. "Porque no escribí La República", le respondo tratando de ser sincero.

Un joven sacerdote delgado y barbado juega al juego de poner a prueba, y me dice: "Las plantas son más buenas que los animales y los animales más buenos que las personas, pero la santidad mineral es abyecta por excesiva y jactanciosa. ¿Qué puedes decirme de esto?". Increíblemente lúcido (posiblemente por el sueño, el cansancio, el hartazgo) pensé en los laberintos inteligentes de palabras, tejidos y trenzados trabajosamente, nutridos de candorosa vanidad, y le respondí: "las plantas no son buenas, los animales no son malos". (Hize una larga pausa en la que no podía dejar de pensar "pero combinados son sabrosos", y me sonreía haciendo esfuerzos para no reír, y traspiraba creyendo que enloquecería y no podría dejar de reírme tan fuerte que me encerrarían para siempre y me tendrían que atar). Continué: "Los minerales que imaginas no son los que pisas, las plantas de tu boca no son verdes, los hombres de tu pensamiento no sudan no defecan no copulan no ríen no existen".

El joven me mira con furor, sus ojos brillan, se siente ofendido. Su barba dice que tiene razón. Me distraigo porque una imagen de humo lento y blanco atraviesa mi mente, de formas tan pausadas y danzantes que condensan en sí todas las posibilidades del arte: son el arte. Me tapo los ojos con mis manos y siento que el anciano, el sacerdote poderoso, dice "llora porque Dios no puede ser engañado". El humo parece provenir de esas jarras de agua para fumar de los turcos; se eleva y se mezcla con las hojas de una planta en un jardín. Mi padre entre las plantas me muestra las estrellas y trato de verlas sin encontrar formas.

Como si se tratara de una Iglesia con público el sacerdote mayor, dándome la espalada, comienza a predicar con una voz que no era la suya: "Dios, constructor del Universo, diseñó al Imperio, calle por calle, desde un tiempo infinitamente anterior al surgimiento del día presente, hasta tus botones fueron previstos, también el camino de tu saliva fue trazado. Pero eres libre y puedes apartarte de la luz. Hay calles que no pertenecen al plano divino, hay...". Se dio vuelta, me mira, mira al techo, y elevando el tono me dice: "¡Sal, demonio áspero!. ¡Responde!" (Hace silencio y veo que el joven de barba se mete un dedo en la oreja y le da vueltas). Continúa el anciano: "Sucio, sucio seductor, rata mojada, infecto hereje, mentecato mal nacido, deshonor para tus padres, semi hombre, porquería, ¿qué te hace pensar que sabes algo?. Pecador, pecador y basura. ¿Quién pudo poner en tu cabeza errores tan inmensos?".

El jardín de plantas, las paredes de ladrillo, la frescura de las gotas de agua sobre las hojas. Sentado entre la vegetación, casi cubierto, pienso en Sísifo y en sus construcciones. Sobre la arena mojada con olor a iodo dibuja con un palito árboles hermosos, los adorna con caracoles, los textura con arena, y luego los ve deshacerse bajo las olas del mar que crece. Y se alegra. Y lloro. Ahora realmente lloro. Lloraría por días, porque hay que llorar por siempre, pero no puedo, y al rato paro.

"¡Alabado sea el Señor que cura cuando no se espera la cura!", dijo semejando entusiasmo el sacerdote. "Que lo liberen después de que se bañe, y delen unas monedas para el cole".